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Literatura Gratuita de Vampiros

Posted in Cuentos, Links, Literatura, Poesía, Uncategorized with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on agosto 15, 2013 by Morning Kryziz Bonny

 

Usualmente el primer pretexto para no leer es que “los libros son caros” así que hoy  les tengo un regalo.

Los siguientes enlaces son libros, cuentos y relatos de vampiros de dominio público (gratuitos) ya que han pasado al menos 70 años desde la muerte del autor. Esto quiere decir que pueden leerlos/descargarlos legalmente.

Muchas de estas obras han inspirado novelas y películas de nuestros días.

Lenore – Gottfried August Bürger

Sobre Los Vampiros – Voltaire

El Vampiro Bondadoso – Charles Nodier

Diversos Relatos de Vampiros en las Mil y una Noches

El Giaour – Lord Byron

Christabel – Samuel Taylor Coleridge

Rojo es el Color de la Sangre – Conrad Potter Aiken

El Vampiro – Vasile Alecsandri

El Vampiro – Rudyard Kipling

La Novia de Corinto – Goethe

Ligeia – Edgar Allan Poe

La metamorfosis del vampiro y El Vampiro – Charles Baudelaire

Drácula – Bram Stoker

El Vampiro – John Stagg

El Vampiro – John William Polidori

La Muerte Amorosa – Théophille Gautier

La Familia Vurdalak – Alexei Tolstoi

Varney el Vampiro – James Malcom Rymer y Thomas Preskett (Inglés)

El Extraño Misterioso – Anónimo (Inglés)

La Vampira – Paul Féval (Francés)

La Ciudad Vampiro – Paul Féval

El Caballero Tenebroso – Paul Féval (Francés)

Carmilla – Sheridan Le Fanu

El destino de Madame Cabanel – Eliza Lynn Linton (Inglés)

Manor – Karl Heinrich Ulrichs

La Verdadera Historia de un Vampiro – Eric von Stenbock

Lilith – George MacDonald (Inglés)

La guarida del gusano blanco – Bram Stoker (Inglés)

Pues la sangre es vida – Francis Marion Crawford

Claro de Luna – Seabury Quinn

Hechizado – Edith Wharton

Deja a los Muertos en Paz- Ernst Raupach

El Cuarto en la Torre – E.F Benson

El Almohadón de Plumas – Horacio Quiroga

El Castillo de los Carpatos – Julio Verne

El Conde Magnus – M.R James

El Espectro – Horacio Quiroga

El Horla – Guy de Maupassant

El Rostro – E.F Benson

El Vampiro – Horacio Quiroga

El Vampiro Arnold Paul – Charles Nodier

El Vampiro Bailarín – Alexander Afanasiev

El Vampiro en el Convento – Louis-Antoine Caraccioli

El Vampiro Harppe – Charles Nodier

Vampirismo – E.T.A Hoffmann

La guerra de los vampiros – Gustave Le Rouge

El prisionero del planeta Marte – Gustave Le Rouge

El Almohadón de Plumas – Horacio de Quiroga

Posted in Argentina, Autores, Cuentos, Horacio de Quiroga, Literatura, Uruguay with tags , , , , , , , on agosto 9, 2013 by Morning Kryziz Bonny

Horacio de Quiroga, nacido en Uruguay en 1878 fue un escritor latinoamericano con una característica forma de ver el horror en la cotidianidad. Amirador de Edgar Allan Poe, probablemente por la similitud entre ellos de llevar una vida trágica (Su padre murió en un accidente al salir a cazar, su esposa y padrastro se suicidaron y mató accidentalmente a su mejor amigo) es clara la influencia que tuvo este personaje en su estilo.

Horacio de Quiroga escribió diversos cuentos que pueden ser clasificados dentro del género de vampiros como “El Vampiro” “El Espectro” y “El Almohadón de Plumas”.

El Almohadón de Plumas es un cuento nos habla de un tipo de vampiro sumamente real.

El Almohadón de Plumas

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst… -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Algunas adaptaciones que se han hecho de la obra:

En el siguiente video, el cuento empieza en el minuto 10:35

El Vampiro Bondadoso – Charles Nodier

Posted in Autores, Charles Nodier, Cuentos, Europa, Francia, Literatura with tags , , , , , on enero 17, 2013 by Morning Kryziz Bonny

Charles Nodier

Charles Nodier fue un autor y bibliotecario francés perteneciente al romanticismo fantástico (conte fantastique) escribió “El Vampiro Bondadoso”  y otras obras que pueden verse aquí

 

EL VAMPIRO BONDADOSO

Charles Nodier.

He ido al país de los morlacos impulsado por un vivo deseo de conocer ese pueblo tan singular. No hay aldea morlaca donde no se pueda contar un buen número de vampiros y existen lugares donde hay al menos un vampiro por familia, como en cada familia de los valles alpinos el infaltable “santo” o “idiota”.  Pero en el caso del morlaco vampiro, no se da la complicación de una enfermedad degradante, que altere el principio fundamental de la razón.  El vampiro es consciente y conocedor de todo lo horrendo de su situación, le disgusta y la detesta.  Busca de combatir su propensión de todas las maneras, recurre a los remedios propuestos por la medicina, a lass plegarias religiosas, a la autoextirpación de un músculo, a veces a la amputación de las piernas: en ciertos casos se decide hasta al suicidio.  Exige que después de su muerte, los hijos le perforen el corazón con una cuña y le claven al ataúd para hacer reposar en el sueño de la muerte su cadáver y libertarlo del instinto criminal. El vampiro es de ordinario un hombre bondadoso, a menudo ejemplo y guía en su tribu, a veces ejercita oficialmente la función de juez; a veces es poeta.

A través de la profunda tristeza que le viene de la percepción de su estado, a través del recuerdo y el presentimiento de su siniestra vida nocturna, se adivina un alma tierna, generosa, hospitalaria, que no pide más que amar.  Ocurre que el sol tramonte, que la noche estampe una suerte de sello plúmbeo sobre los párpados del pobre vampiro, para que él comience de nuevo a escarbar con las uñas la fosa de un muerto o perturbe a la nodriza que vela junto a la cuna del recién nacido.  Porque el vampiro no puede ser otra cosa que vampiro y los esfuerzos de la ciencia y los ritos eclesiásticos nada pueden contra su mal.

La muerte no le cura, hasta en el ataúd conserva algún síntoma de vida, y pues su conciencia se mece en la ilusión de que su crimen es involuntario, no debe sorprender el hecho de habérselos encontrado a menudo frescos y sonrientes en el catafalco.  El sueño del desventurado nunca estuvo desprovisto de pesadillas.

En la mayor parte de los casos, esta aberración se limita al intuito mental del infeliz que la experimenta. Cuando se realiza plenamente, ello se debe atribuir al concurso de otros factores, como las pesadillas y el sonambulismo.  Entramos entonces en el campo de la ciencia médica, que hasta ahora no ha tenido en cuenta dos hechos importantes, que me parecen  incontestables. El primero es que la percepción de un acto extraordinario no familiar a nuestra naturaleza se convierte fácilmente en sueño, el segundo, que la percepción repetida con frecuencia, y siempre en el mismo sueño, se convierte fácilmente en una acción proporcionada, realmente cumplida, sobre todo cuando se manifiesta en un ser débil e impresionable.

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